712

Por fin tenía una pista. Tal vez este tatuaje le diría quién había sido o pretendido ser. Esta marca en su cuerpo era el hilo con el que desentramar la madeja de su existencia. Mientras repasaba mentalmente esta palabra, que tan familiar le era, comenzó a hurgar en sus bolsillos buscando más información, pero nada, vacíos. Decidió entonces darle al botón azul como le había indicado el anciano para que “los de ahí adentro” le explicaran. Y le salió el 712. ¡Madre mía que número!- pensó Zizeg. Y miró a su alrededor buscando la pantalla que le fuera a indicar el número iba el turno. Como no vio nada decidió acercarse a un grupo de hombres que estaban de pie y en corrillo hablando, porque era curioso, en aquella sala no había ni una sola mujer…
– Perdonen, ¿cómo sabe uno aquí cuando le toca pasar dentro?
– ¿Qué número tienes hijo? – le preguntó un hombre bastante recio y con algo de desgana
– El 712.
Y de repente se hizo un silencio enorme a su alrededor y todas las personas que escucharon este número se arrodillaron ante Zizeg.
El mismo hombre que segundos antes le había parecido tan tosco se mostró como un gatito complaciente frente a Zizeg y entre dientes susurraba con infinita prudencia:
– Es un honor camarada. Doy gracias por tener la oportunidad de ver con mis propios ojos a uno de los héroes que sirvió bajo nuestro honorable Fuchida.
– Por favor levantaos – consiguió decir Zizeg – no entiendo el porqué de vuestra actitud.
Un muchacho del mismo corrillo se atrevió a levantar su mirada y tartamudeando dirigirse a Zizeg:
– Señor, es por su número. Cada uno tenemos el número de la fecha en la que fallecimos y usted es uno de los privilegiados.
– Sigo sin entender amigo – dijo Zizeg más desconcertado y asustado que nunca.
En ese momento notó como alguien posaba una mano sobre su hombro, se giró y miró a la cara a la persona que, tal vez, aclararía el misterio de su existencia.
EV

Interrogantes

Apenas unos segundos después de aquel “buena suerte”, la figura del anciano ya se había perdido en la perenne bruma que envolvía al lugar. Zizeg, todavía lívido tras la toma de conciencia de su nueva situación,  trató de reconstruir los pasos dados hasta llegar allí, para recordar el cómo y el por qué había llegado a aquella sala blanca y neblinosa, casi irreal. Veía de nuevo, con claridad inusitada, al jardinero y al pabellón de cristal, además de  su bello cuerpo tumbado sobre una camilla de hierro. Era capaz de rememorar sin esfuerzo cada momento vivido desde que abrió los ojos. Pero algo obstruía la creación de nuevas imágenes sobre un ayer que no recordaba haber habitado.

Entretanto, tal y como había predicho el viejo, la sala se iba llenando de jóvenes que, como él, parecía haber despertado de un sueño fatigoso. Poco a poco, en un goteo constante, llegaban hasta la rudimentaria máquina de los botones, guiados más por el instinto que por la certeza, extraían su correspondiente número y se sentaban en las sillas, a la espera de utilizar el pequeño papel como una catapulta hacia la eternidad.

Zizeg arrugó la frente y rascó su abundante cabello, quizá en busca de una respuesta al último de sus interrogantes. A unos metros de él, un muchacho examinaba su hachimaki con extrañeza. Sólo entonces creyó reparar en un detalle que, hasta ahora, había permanecido más allá de la frontera de lo conocido. Se despojó de la chaqueta con prisa. Allí estaba, como único habitante de un páramo color avena, el tatuaje que marcaba su filiación: 神風特別攻撃隊.

[JRM]

El INEM

Zizeg notó cómo una fuerte presión le obligaba a ascender alejándose del que hasta ahora había sido su cuerpo, escapando del pabellón de cristal en el que había permanecido encerrado. Pese a que intentó sin éxito volver al suelo siguió ascendiendo hasta traspasar las nubes más bajas de aquel luminoso día.
De repente oyó sonar unas campanas que anunciaban su llegada a aquel lugar que por el momento era desconocido para él. Se sentía mareado, confundido, no sabía explicar cómo había llegado hasta aquel extraño lugar, no sabía dónde estaba ni porqué. Poco después, aturdido buscó dónde sentarse hasta que el mareo desapareciese. Sin darse cuenta empezó a deslizarse por las nubes empujado por la suave brisa. Se paró en seco, miró hacia un lado, hacia otro, hacía bajo, pero no vio nada ni a nadie, estaba rodeado por la bruma blanca que no le dejaba ver más allá de su nariz. No había formas ni colores, sólo Zizeg y la espesa niebla que le acompañaba.
Sorprendido descubrió frente a él un pequeño cartel en el que se leía: ESPERE SU TURNO. Pestañeó varias veces a la vez que leía el cartel de nuevo. Zizeg descubrió una gran sala blanca llena de asientos que formaban un semicírculo. Al fondo se distinguían dos puertas también de color blanco.
– Yo de ti cogería asiento que ésto se llena.
-¿Cómo?- Zizeg se giró sin saber de dónde procedía aquella voz.
-Te digo que cojas asiento, hoy es sábado y ésto por las noches se llena.
-Disculpe, ¿me habla a mí? Perdone pero no sé muy bien dónde estoy.
-Ay chico! Cómo se nota que eres nuevo, yo llevo aquí casi dos meses y ya no me sorprende nada.
La voz apareció de entre la niebla permitiendo distinguir la figura de un anciano que se acercaba a Zizeg a paso ligero. –Ven, que te voy a explicar cómo funciona. Mira chico debes estar muy atento- el hombre se dirigió a una pequeña máquina que había junto al cartel de la entrada. –Como eres nuevo tendrás que hacerte una ficha dándole al botón azul, tú tranquilo que los de ahí adentro ya te explicarán qué tienes que hacer para que te den un cuerpo nuevo.
Zizeg tragó saliva, por fin empezaba a comprender dónde estaba.
-Después, con este botón rojo puedes elegir destino, aunque te aviso que las islas tienen lista de espera. Y éste de aquí…
En ese mismo instante, desde los altavoces se anunciaba un nuevo número: el sesenta.
-¡Ése es mi número!-anunció el anciano- ¡Qué tengas suerte!

MVA

Las piedras blancas

En el exterior, el viejo recogía las hojas amarillas y marchitas del jardín con dos palillos un poco más largos que los de comer. Sus movimientos eran como a cámara lenta: doblaba las rodillas e inclinaba el tronco, acercaba los palillos a la hoja que se acababa de posar sobre las piedras blancas, la pinzaba, y la metía en una bolsa de papel. Visto desde el pabellón de cristal transparente donde estaba Zizeg, parecía un insecto: el viejo jardinero japonés, enjuto, con su bata blanca, pisando las piedras sin hacer el más mínimo ruido, recogiendo una a una las hojas que caían del majestuoso Ginkgo, la única vegetación existente en aquel jardín de piedras blancas y muros níveos en el que se hallaba el pabellón de los espejos del alma donde se hallaba Zizeg.

Si alejáramos la cámara, si pudiéramos elevarnos hacia el espacio y salir de la atmósfera terrestre, quizás, sentiríamos al principio ese vacío, esa ligereza de la ingravidad que estaba sintiendo Zizeg en aquellos momentos. Pero si miráramos hacia la Tierra, nos quedaríamos sin respiración, despertaríamos como de un mal sueño, y nuestro corazón se pondría a latir tan fuerte que sería lo único que se escucharía en todo nuestro universo.

Fue como un apagón de luces general, en todo el planeta, como si el sol hubiera dejado de proyectar su luz. La Tierra, desde ese travelling espacial imaginario, desde esa distancia, se había vuelto negra como la ceniza, como una gran bola que acabara de arder. Y, en medio de ese desierto apagado y negro, un punto blanco de luz que es el jardín de piedras blancas. Y en medio de él, el pabellón. Y todo lo demás, era la nada.

S.O.M.

Zizeg se ve

Zizeg miró su cuerpo con una mezcla de asombro y perplejidad. Se había visto muchas veces reflejado en un espejo, pero eso era otra cosa. Estaba viéndose desde fuera, literalmente. Era plenamente consciente de estar de pie, junto al que había sido su cuerpo durante todos esos años, mirándose.

– Hola -dijo una voz a su lado.

– Hola.

– ¿Cómo te sientes?

– Es raro, no siento nada.

– ¿Y eso es una novedad?

– Déjame pensarlo.

– No tenemos mucho tiempo. Bueno, yo sí, yo tengo toda la eternidad, pero en tu reloj sólo faltan unos granos de arena por caer.

En ese momento, Zizeg dejó de mirar su cuerpo por primera vez desde que se descubrió observándose y se dirigió hacia el lugar del cual procedía la extraña voz.

– Entonces… ¿ya está?

– Bueno, para ti, sí. ¿Te ha parecido breve, acaso te ha parecido poco?

– Hasta hace un momento me parecía que me quedaba toda una vida por vivir, muchísimas cosas por hacer. Pero creo que, viéndome desde aquí, ha estado bastante bien.

[cjlc]